Los
Chuquinches
Al principio,
los Chuquinches habían parecido ser una prole de diez hermanos navegantes
venidos de un universo remoto y glorioso; una tierra legendaria más allá de los
elementos y los confines visibles por la gente bordemarina.
Los
Esbirros y los Agoreros más ancianos, se atrevían a hablar incluso del
mismísimo Wenumapu como su mítico lugar de origen. Pero lo cierto es que muy
pocos hechiceros habían entablado una conversación con aquellas criaturas advenedizas,
como para saber con certeza los detalles de su historia reciente y pasada.
Además, el extraño lenguaje de los Chuquinches se resumía a unas cien palabras
o sonidos roncos (incluso menos), lo que hacía más difícil averiguar algo
referente a su enigmática procedencia. Su particular dialecto se basaba en lo
útil y lo práctico; cuando hablaban, lo hacían sólo porque era estrictamente
necesario.
Se
supone que desde hace muchísimo tiempo los diez gigantes habían navegado hasta
las costas de este lado del mundo, con la esperanza y la misión de encontrar
los vestigios de una materia sólida y luminosa caída del cielo desde una era
anterior a la aparición de los seres humanos. Trozos de un metal reluciente,
que en su críptica lengua llamaban “miya”.
El
largo viaje de reconocimiento había dado sus frutos, pues las diosas Cai Cai y
Ten Tén (que por entonces vivían en completa armonía y paz) convinieron en
ayudarlos, abriendo sin tapujos las fronteras de sus respectivos dominios. En
trueque a tales cortesías, los Chuquinches les revelaron y compartieron algunos
secretos arcanos de su propia y misteriosa cultura. Así surgió la creencia de
que los totémicos forasteros eran oriundos de las regiones celestiales del
Wenumapu, porque eran capaces de invocar a las Culebras, y éstas los recibían de
inmediato y con gran entusiasmo en sus propios antros. Por eso, gran cantidad
de aborígenes reverenció a los Chuquinches, confundiéndolos con los Pillanes
que colmaban las antiguas leyendas heredadas de generación en generación.
Desde
entonces, los corpulentos semidioses se dedicaron con denuedo y renovados bríos
a recorrer los vastos territorios de florestas y montañas, pesquisando los
fragmentos de la preciada miya. Fue la época en que ahuyentaron al Wekufe.
Los
nativos de distintas latitudes, incluyendo los guerreros y los místicos de cada
aldea, jamás se atrevieron a interponerse en su incesante y misteriosa labor.
Todos terminaron por asumir que se trataba de seres pacíficos y diligentes, y
no dieron muestras de repudiar su convivencia. Los Chuquinches prosiguieron su
esmerada y paciente tarea, tratando de intervenir lo menos posible en aquella
sociedad de tribus y veteranos hechiceros. Año tras año, lograron almacenar una
enorme cantidad de trocitos de miyas en la extraña embarcación con la que
habían surcado el sempiterno mar…
Hubiesen
retornado muy satisfechos a su mundo natal, de no ser por un acto que distorsionó
la historia del orbe para siempre: la sublevación de Cai Cai y las entidades
marinas, y el inmediato estallido de la guerra contra Ten Tén y sus huestes de
hechiceros y criaturas mágicas. Una guerra que habría de durar casi una década
en tiempo humano.
En
medio de la monumental Batalla de las Culebras, los Chuquinches tuvieron que
optar por uno de los dos bandos y su decisión resultó ser uno de los apoyos más
fundamentales en la victoria del batallón terrestre. Al menos así lo dejaron
registrado en las historias orales muchos de los supervivientes de esas
terribles y trascendentales épocas.
Las
fuerzas acuáticas, al verse superadas con el aplomo y las escaramuzas de las
diez poderosas bestias, se vengaron a un alto precio: maldijeron a los
Chuquinches, hundiéndoles su singular navío y sepultando toda su carga de
preciosas miyas en el fondo del océano. Además, los condenaron a vagar de por
vida por las nuevas costas de las Praderas Sumergidas y las prisiones de los
Acantilados Verdes, negándoles la posibilidad de navegar mar adentro y regresar
alguna vez a su lejano e idílico hogar.
El
pueblo humano no pudo doblegar la firme decisión de la diosa Cai Cai, pero a
través del Pacto Bordemar amortiguó el perenne castigo con muchas cláusulas y
consideraciones que a largo plazo beneficiaron a esos bravos guerreros que no
dudaron en combatir a los ejércitos de canibilos, kueros, y otras bestias de
las profundidades.
Con el
paso de los siglos, se hizo costumbre que cada vez que alguien se topaba con un
trocito de miya, debía guardarlo y esperar la oportunidad de encontrarse cara a
cara con cualquiera de los diez titanes azules, y regalárselo.
Acertar
con alguno de esos fragmentos constituía una verdadera rareza y un esquivo
desafío… pero de vez en cuando el milagro sucedía.
Así,
la brillante miya se convirtió en un preciado obsequio; un regalo en
reminiscencia del valor de los Chuquinches y en señal de respeto y perpetua
amistad entre ellos y los hijos de Ten Tén.