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SEMILLAS DE CAMAHUETO

EL LLANCAZO



El Llancazo.

   En medio de los largos años que duró La Gran Batalla de las Culebras, el principal problema que tuvieron los dos ejércitos involucrados (el de Ten Tén y el de Kai Kai) fue que para lograr una victoria contundente, ambos precisaban invadir y subyugar el territorio de su oponente. 
   
   Esto significaba una enorme dificultad, porque las huestes marinas no podían subsistir tanto tiempo fuera del agua, a menos que utilizaran la magia arcana de sus hechiceros Weda. La luz del sol y la sequedad del aire les quemaban la piel escamosa, y sus branquias solían padecer agónicos estertores al contacto con las brisas o el viento. A las hordas de tierra firme les pasaba algo muy similar, y la culpa era del agua. Los humanos sabían que por mucho que fuera el ímpetu y la valentía de sus escuadrones, si pretendían desafiar la hondura del océano, lo único que lograrían sería ahogarse de forma inmediata. Sus pulmones no estaban hechos para respirar ni menos aún pelear bajo las oscuras marejadas.

   Con semejante y mutuo dilema, las dos facciones en pugna encausaron todos sus esfuerzos en conseguir la mayor cantidad de información de los movimientos del enemigo y el tiempo de sus eventuales ataques. Sólo así podrían tomar decisiones certeras y ejecutar las mejores estrategias; ninguno podía arriesgarse a cometer un error logístico que les costase perder la guerra.

   Mientras los seres de la superficie utilizaban la magia de los revisorios y las incursiones aéreas de las enormes voladoras convertidas en baudas, las criaturas del mar diseñaron sus propios métodos para fisgonear el trajín de las tribus indígenas. Uno de esos modos fue el Llancazo.

   Los hechiceros marinos habían entablado lazos de fraternidad con los horrendos kueros, y a través de sus caudillos habían logrado obtener numerosos secretos del desaparecido Tiempo Arcaico; el uso del Llancazo era uno de esos saberes escondidos y milenarios. Uno de sus jóvenes líderes llamado Pontro, se encargó de iniciar a un pequeño grupo de aprendices en el arte de ver a distancia las cosas más ocultas del mundo físico y de la dimensión espiritual. Con la venia de los kueros más viejos y el beneplácito de la soberana Kai Kai, el entrenamiento dio comienzo y se extendió por incontables mareas. Durante el agotador proceso de enseñanza, un par de Wedas se extravió en los limbos del inframundo submarino y nunca se volvió a saber de ellos, otro murió cegado y calcinado por la visión del radiante círculo solar de la superficie, y otro (quizás el menos afortunado) se volvió loco cuando las imágenes que vislumbró usando el Llancazo le robaron el habla y le nublaron el entendimiento. Acabó sus días condenado al exilio por la propia ordenanza de Kai Kai Vilú.

   Siglos después, cuando los rumores de que Garilé continuaba vivo se extendieron por todo el piélago, el príncipe Pincoy armó una delegación de hechiceros wedas y los envió en su búsqueda. Entre los delegados viajaba uno llamado Pen, el único que poseía la habilidad de invocar el poder clarividente del Llancazo. A Pen le bastaba mover los brazos y situarlos en la posición correcta (para su mayor concentración), y de esa forma podía generar imágenes de lo que su visión a distancia podía escudriñar a fuerza de su voluntad.

   Pero como es sabido que el uso de la magia cobra un alto precio, abusar del Llancazo también acarreaba una terrible maldición…